De libero arbitrio

hoja2

Llamamos libre albedrío a esa sensación de que somos nosotros quienes decidimos qué hacer: elegir café o té, comprar un piso o alquilar, estudiar ciencias o letras. La convicción de que hay en nosotros un “yo” que gobierna. En definitiva, que hacemos lo que nos da la gana.

“Todo lo que sucede, sucede justamente. Si lo observas con cuidado, lo encontrarás así. No lo digo solo de acuerdo con la naturaleza de las cosas, sino de acuerdo con la justicia.”
Marco Aurelio (Meditaciones, IV, 10)

La epifanía

Me encuentro parado en una acera. Esperando que el semáforo se abra para poder pasar. Aburrido, miro hacia arriba; hacia ninguna parte. Y ¡Oh dioses inmortales! veo el momento exacto en el que una hoja se suelta de su rama y cae. Soy consciente de la grandeza del momento. Jamás, en mi larga vida, había visto algo así... También soy consciente de lo trivial del evento, pero nunca lo había visto. ¿Cuantas cosas no he visto? El viento está en calma; mejor dicho: No hay viento. La hoja cae perezosamente haciendo espirales, tan sólo guiada por su propia aerodinámica. Y la hoja de platanero cae a mis pies, perfectamente enmarcada en una baldosa del pavimento, como la bandera de Canadá.

¿Qué posibilidades hay de que yo vea el momento exacto en el que una hoja se suelta de su rama? ¿Que posibilidades hay de que caiga a mis pies? Podría haber caído a dos metros de mi, o a doscientos, en día de viento. ¿Qué posibilidades hay de que quede perfectamente enmarcada en una baldosa?

Y la respuesta me atravesó el cerebro como un cañón de luz. ¡La probabilidad es 1! Es un suceso seguro, escrito desde el Big Bang. Nunca podría haber sucedido de otra manera.

El tiempo es una curiosa dimensión; sólo puedes moverte por ella en un sentido: hacia adelante.

Hay muchas posibilidades, secuencias de acontecimientos que pudieran haber sido de otra manera. Pero las cosas suceden de una manera muy concreta. Y suceden una única vez. Y suceden así por todo lo que ocurrió antes. Desde el inicio del propio tiempo. El gran dictador.

El destructor de mundos

“Ni una hoja de un árbol se mueve sin la voluntad de Dios” (Refrán popular)

Hace 65 millones de años un gran meteorito impactó contra la Tierra. Arrasó miles de especies, miles de millones de vidas, grandes y pequeñas. Sembró la semilla de una nueva Tierra en la que los mamíferos prosperamos como nunca antes.

Miríadas de vidas grandes, pequeñas volvieron a crearse y prosperaron.

¿Cuando entró el meteorito en rumbo de colisión con la Tierra?

Los átomos que componían el meteorito habían nacido miles de millones de años antes, en el corazón ardiente de estrellas extinguidas. Forjados en explosiones titánicas, viajaron por el vacío, se agruparon en nubes de polvo, se unieron en cuerpos rocosos. Desde el momento de la creación de cada átomo, su ruta estaba trazada.

Cada partícula obedecía a la gravedad, al choque, al giro; nada se improvisaba. En cada encuentro cósmico, en cada colisión lejana, en cada tirón gravitacional se ajustaba un poco más la órbita que lo conduciría, inevitablemente, hacia la Tierra.

No hubo un instante en el que “comenzara” a dirigirse hacia nosotros. Desde siempre, desde la primera expansión del universo, estaba sellado su destino. La posición de cada estrella, de cada planeta, de cada cuerpo menor, tejía una red invisible que lo atraía sin desviación posible.

Cuando entró en la atmósfera, cuando brilló sobre los cielos del Cretácico, cuando arrasó con todo lo que conocía la Tierra de entonces, no fue un azar, no fue una casualidad, ninguna mariposa batió sus alas en ninguna parte. Era la culminación de una mecánica orbital que jamás pudo fallar a causa de todo lo que ocurrió antes. Desde el inicio de los tiempos.

El meteorito no llegó su destino: lo cumplió. Y la Tierra ni siquiera existía cuando todo quedó atado.

Un saltamontes en Marte

Las sondas Viking, enviadas por la NASA en 1976, fueron las primeras naves en posarse suavemente sobre Marte y realizar experimentos científicos en su superficie.

Carl Sagan, en su serie Cosmos, equiparaba la inteligencia de estas sondas con las de un saltamontes. El máximo exponente de nuestra tecnología apenas podía equipararse con un humilde saltamontes nacido de la propia Tierra.

Y estás sondas no eran nada baladí. Eran mensajeras de la humanidad: máquinas capaces de navegar en el espacio interplanetario, orientarse siguiendo las estrellas, corregir su rumbo, descender suavemente sobre un mundo extraño.
Podían extender sus brazos mecánicos, recoger muestras del suelo marciano, analizarlas en pequeños laboratorios internos; podían enviar señales de radio que, tras un largo viaje de millones de kilómetros, llegaban hasta las antenas de la Tierra.

Un saltamontes tampoco es algo que pueda despreciarse: sus ojos compuestos detectan movimiento, sus patas están listas para saltar, sus alas para huir. Cuando una sombra se proyecta sobre él, un circuito nervioso activa en milésimas de segundo la orden de escapar. Es capaz de encontrar la manera de transmitir su código genético de manera autónoma.

No puede decirse que las sondas Viking tuvieran libre albedrío. ¿Y los saltamontes? ¿Son robots biológicos?

Han sido construidos por la evolución, sus circuitos y cableado son nervios, tienen engranajes hechos de proteínas y su programación está escrita en una doble hélice de ADN en lugar de silicio.

A mi entender, la diferencia es de soporte, no de esencia.

¿Soy yo mejor, en esencia, que una sonda Viking, que un saltamontes?

Un universo de 1.400 gramos

El cerebro humano es algo asombroso. Tiene millones de neuronas, billones de conexiones sinápticas.

Pero no es más complejo que el universo.

Su materia obedece las leyes físicas como todo quisque.

Millones de neuronas se encienden y apagan como estrellas en una galaxia interior, siguiendo corrientes de electricidad y química. Cada recuerdo, cada emoción, cada beso enamorado, cada idea que surge, cada risa incontenible, cada llanto irrefrenable, el abrazo a mi esposa, a mi hija, cada alegría, cada pérdida, el orgullo silencioso de un logro... todo ello, sin excepción, es la coreografía inevitable de la materia obedeciendo leyes universales.

Y me parece bien, porque Todo lo que sucede, sucede justamente.

Mis conexiones cerebrales -probablemente únicas y difícilmente repetibles-, se han forjado en el matraz de la vida, en esta Tierra atormentada por incontables eventos catastróficos. Mis padres, mis amigos, cualquier persona que he conocido y no recuerdo, las que no he conocido también, todos los sitios en los que he vivido, mis caídas, el amor que he recibido, el amor que he dado, el amor que no he dado, el beso que dí, el beso que no di (y el arrepentimiento por no haberlo dado). Todo ello ha ido tejiendo el tapiz de mi cerebro. Inexorablemente.

Ahora escribo esto porque quiero pero ¿Podría no quererlo? ¿Podría ser de otra forma?

Sé que no estoy al mando. Y me importa un comino.

Porque tengo la sensación de estar al mando. Me parece que decido cosas, y que acierto, y que me equivoco.

No estoy al mando. Lo sé. Pero tampoco pasa nada. Tampoco me he vuelto un ser inconsciente repentinamente.

Estoy moderadamente satisfecho de mi programación. Y si todo está escrito, que así sea: viviré como si eligiera, sabiendo que el universo danza conmigo, y yo con él.

“Ducunt volentem fata, nolentem trahunt.”

“El destino guía al que consiente; al que se resiste, lo arrastra.”

Séneca (De providentia)

Si bien danzar con el universo es bonito, tiene serias implicaciones morales.

¿Donde queda Dios en todo esto? ¿Como es posible pecar — llámese como se quiera — o sentir culpa? ¿Como podrías recriminar o castigar a alguien por sus actos?

En cierta ocasión le hicieron a Einstein (que era determinista) una pregunta en este sentido. Para él, digamos que no podía hacer un reproche "personal", por ejemplo, a un asesino. Pero por supuesto "no tomaría el té con el".